Los tres fracasos del Líder: aprendiendo de los errores

 

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Pocas personas hay que se salven de la visita al doctor y, también muy pocas, de haber pasado por un hospital. ¿Sabías que, sólo en Estados Unidos, se contabilizaron más de medio millón de muertes por errores médicos y, cada día, se dan unas 10.000 complicaciones graves en la atención sanitaria? Eso supone llenar, cada diez días, el estadio azteca – el tercer estadio de fútbol más grande de mundo – de gente con nuevos problemas médicos y, un 1 de cada diez de ellos, serían fallecidos por esos fatídicos errores médicos. Cuando leí los números me perecieron una auténtica tragedia. No en vano, los errores médicos son la tercera causa de muerte en EE.UU., tras las enfermedades cardíacas y el cáncer.

Después de los números llegan las preguntas, ¿y cuál es la causa?

En el sector de la aviación, en 1912, ocho de cada catorce pilotos tenían un accidente. Y en las escuelas de aviación de la época, había un 25% de accidentes. Pero ya en el 2014 se cuenta tan sólo un accidente por cada 8 millones trescientos mil vuelos. Enorme diferencia, ¿verdad?

¿Y por qué en el sector de la medicina sigue habiendo tantos errores y en el de la aviación no? La respuesta podría ser por la falta de una correcta gestión del error, en el primer caso, o por la posibilidad de progreso en el otro, a través de la aceptación, gestión, evaluación y aprendizaje de los errores. Importancia esencial tienen las cajas negras de los aviones, con toda la información, así como un sistema y mentalidad dirigidos a aprender de los errores y a facilitar su conocimiento. Esa es la tesis que mantiene Matthew Syed en su libro “Pensamiento caja negra. La sorprendente verdad del éxito”, de cuya lectura he disfrutado enormemente este verano.

Probablemente recuerden uno de los vuelos comerciales más famosos de todos los tiempos. Era un 15 de enero del año 2009 y, 90 segundos después de despegar,  unos gansos impactaron en los motores del avión, inutilizándoles para su funcionamiento. Empezó, así, la caída libre. El piloto, entonces, pronunció aquellas palabras que silenciaron la aeronave: “Les habla el capitán. Pónganse en posición de impacto”. Se trataba del capitán Sully Sullenberg y estaba aterrizando sobre las heladas aguas del río Hudson.

Tras aquel amerizaje, sólo hubo cinco heridos graves y Sully Sullenberg fue  felicitado por el Presidente Obama, y reconocido por el Time Magazine, le entregaron también las llaves de la ciudad de Nueva York y la ciudad, y el país entero, le consideró todo un héroe. De hecho, su vida ha sido llevada al cine y la película se estrenará en unas semanas.

Meses después del milagro del Hudson, en una entrevista televisiva decía:

Todo lo que sabemos en la aviación, las reglas de los manuales, todos los procedimientos que tenemos, se deben a que alguien murió en algún accidente (…) Hemos adquirido, a un precio altísimo, lecciones que literalmente costaron sangre y que debemos conservar como un conocimiento institucional para las siguientes generaciones. No podemos permitirnos el fracaso moral de olvidar estas lecciones y no aprender continuamente de ellas”.

Sus palabras subrayan nuevamente la idea de la necesidad de aprender de los errores y que, a través de ellos, se podrán generar cambios significativos y auténticos progresos. Eso pasa por considerar el error una fuente de información extraordinaria y, por tanto, un lugar a explorar con humildad, sin  innecesarias culpabilidades y con una actitud de mejora y servicio.

Esos errores supondrán, muchas veces, verdaderos fracasos que, nuevamente, hemos de afrontarlos sin miedo y desde una mentalidad de aprendizaje. Pero como decía el capitán Sullerberg, sería un “fracaso moral olvidar estas lecciones”. Hoy no podríamos vivir sin el conocimiento acumulado, ya no de siglos anteriores, sino de años anteriores. Y parte de ese conocimiento está basado en el progreso desarrollado tras intentar y fracasar, probar y errar, aprender y avanzar.

Cuando leía a Matthew Syed e investigaba la historia de Sully Sullenberg, reflexionaba sobre el liderazgo y su ejercicio. ¿Cuáles pueden ser considerados los fracaso de un líder? Evidentemente dependerá dónde pongamos el mayor peso del liderazgo. Para los que entendemos que el liderazgo consiste en la capacidad de influir e inspirar a las personas para conseguir, juntos, un futuro mejor sostenible, el líder podrá tener tres grandes fracasos:

  1. Generar un compromiso limitado (o muy limitado) entre los colaboradores, al poner mucho el foco en los resultados y poco en las personas.
  2. Fracasar al no conseguir resultados a través de la gente y ausencia de una visión de futuro inspiradora.
  3. No apostar por una cultura donde los colaboradores puedan desarrollarse, y aprender, también a través de los errores, generando un contexto al que deseen pertenecer, se sientan orgullosos y haya un proyecto colectivo a largo plazo.

Desde esta visión, el liderazgo es exigente, muy exigente. Y creo que debe ser así. Y nos enfrentaremos a muchos fracasos. Así, si observamos la ausencia del compromiso de nuestra gente, podremos hablar de fracaso; si no somos capaces de generar un ambiente contenedor y atractivo, podremos hablar de fracaso; si no conseguimos resultados y ofrecemos nuestra mejor versión, podremos hablar de fracaso. Y será en esas ocasiones, donde obtendremos cientos de señales y de información sobre cómo mejorar nuestro liderazgo: ¡aprenderemos de nuestros fracasos! El fracaso, entonces, como decía Henry Ford, sólo es la oportunidad de empezar de nuevo, esta vez de manera más inteligente.

Podrá ser, así, una verdadera experiencia de liderazgo que nos genere valor, a nosotros y a nuestra compañía, porque observaremos items, comportamientos, conductas para medir los resultados de nuestro liderazgo, podremos saber si estamos progresando y aprendiendo, podremos, así, evaluarnos como líderes. Y es que, como me gusta mucho reflejar en mis conferencias, cuando nos hicieron líderes, no nos dieron una corona, sino la responsabilidad de sacar lo mejor de los demás. Todo un reto, ¿cierto? ¡Mucho éxito entonces… y muchos fracasos!

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¿Qué es lo que te impide volar?

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Cuentan que un granjero subió a una montaña y se encontró un pequeño aguilucho recién nacido. Lo llevó a su granja, y allí lo cuidó y lo dio de comer junto con sus patos, gansos y gallinas. Pasados cinco años, un amigo que pasó por la granja, se dio cuenta que tenía junto al resto de animales, un precioso águila, así que le dijo:

-Disculpa amigo, ese pájaro que tienes ahí, no es una gallina, es un águila.

A lo que le contestó el granjero.

– Sí, es cierto, pero lo he educado como gallina y ahora, ya no es un águila, es una gallina.

El hombre le replicó:

-Perdona, pero un águila no deja de ser águila sin más, tiene corazón de águila y podrá volar y surcar los cielos

-No, te aseguro que ahora es una gallina y jamás volará.

-Hagamos la prueba, dijo el amigo.

Y, efectivamente, el hombre tomó el águila, lo levantó, y le dijo:

– ¡Tú eres águila, perteneces a los cielos, despliega tus alas y vuela!

Pero no sucedió nada, el águila no voló, no se movió del puño del amigo del granjero. Y viendo el águila el maíz que les echaban a las gallinas, saltó también para comer, como una más.

-Ya te lo dije, es una gallina.

El amigo, no se dio por vencido, y subió al tejado de la granja y, desde allí, de nuevo, tomo al águila en sus manos y le gritó:

– ¡Tú eres águila, perteneces a los cielos, despliega tus alas y vuela!

Pero no de nuevo, el águila, no se movió. Y volvió con sus hermanas las gallinas.

El amigo del granjero, entonces, tomó al águila y subió con ella a la montaña. Desde lo alto, se divisaba todo el valle y también, a otras águilas volar. El hombre, puso al águila frente al sol y ésta, mientras observaba aquel paisaje y a sus compañeras águilas volar, dándose cuenta de sus posibilidades, tras el empujón de aquel hombre insistente, se lanzó a volar.

Cuando leía este breve cuento, no podía más que recordar las palabras del psicólogo suizo Piaget, cuando decía que es curioso, pues de niños, cuando nos ocultan un objeto, pensamos que ha dejado de existir, ya no está más en nuestro mundo. Pero cuando crecemos ya un poco, sabemos que simplemente está escondido.

Con nuestras posibilidades como seres humanos y con el desarrollo de nuestro Talento, sucede algo parecido. Y así, podemos encontrar a algunas personas, y a algunos líderes que, al no ser algo muy tangible su propio desarrollo o el de sus colaboradores,  al no verlo, tocarlo o poder medirlo, se comportan como si fueran esos niños a quienes algo se les oculta y, entonces, deja ya de existir.

Soy un convencido de que en nuestro propio desarrollo, está parte de nuestra felicidad, pues al igual que una piedra preciosa no nos mostrará toda su belleza si no se pule, el ser humano no podrá encontrar su plenitud si no explora sus posibilidades.

Seríamos como el águila que aprendió a ser gallina. Aprendemos a quedarnos cortos, a mirar bajo, a no levantar el vuelo, y a no creer en nosotros como posibilidad. Y es que el ser humano vive como cree que puede vivir, y ahí se asienta la fuerza de nuestras creencias y paradigmas. Por eso afirmaría Henry Ford que “tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, en ambos casos aciertas”. Somos también nosotros nuestro propio límite o nuestra fuente de posibilidad. Y, por ello, nuestro límite lo marca no tanto lo que podemos llegar a ser sino lo que creemos que podemos llegar a ser.

Es una cuestión de aprendizaje. Aprendemos a ser menos, a hacer menos, a valorarnos menos, pero la buena noticia es que al igual que lo aprendemos, lo podemos desaprender. Martin Seligman lo llamará indefensión aprendida. Se trata de ese sentimiento que se produce en nosotros cuando vemos que hagamos lo que hagamos, nuestro comportamiento carece de importancia y no se dan los resultados que deseamos. Cuando aprendemos que nuestras acciones son inútiles y que nada de lo que podamos hacer tiene importancia, entonces, ya no actuamos, evitamos toda iniciativa, nos volvemos pasivos.

Como consecuencia, la creencia sobre nuestra propia valía se ve limitada, y ya no solo no volamos, sino lo más grave es que creemos que no podemos volar. Y como el águila de nuestro cuento, nos acomodamos a la vida de las gallinas, y renunciamos a buscar mejores posibilidades.

Cuántas veces habremos visto a personas que no se veían capaces de manejar de distinta manera en una relación, un trabajo o un proyecto; cuántas veces habremos sido testigos de la inacción que provoca la queja y la falta de respuesta para una solución; cuántas veces nos habremos dicho a nosotros mismos “yo soy así” y, por tanto, hemos renunciado a cambiar. En el fondo, ¿a qué hemos aprendido a renunciar?

Para vencer esos obstáculos y alcanzar una mayor grandeza de miras que nos ofrezcan nuevas respuestas y oportunidades, necesitamos aceptar nuestra vulnerabilidad y, con humildad, desprendernos de lo que para nosotros es una certeza. Hemos de enfrentarnos al espejo de la posibilidad, ese espejo que quiere ver de nosotros nuestra mejor versión, y que examina la validez nuestras creencias cuestionándolas. Y es que, esto que estoy pensando sobre mí y mi capacidad de generar nuevas oportunidades, ¿me limita o me potencia?, ¿me ofrece posibilidades o me  dota de limitaciones?; esto que tengo dando vueltas en mi mente, ¿me ayuda a ser mejor persona y a ayudar, más y mejor, a los demás, o reduce la mejor versión de mi mismo?

En el fondo, seguimos hablando de felicidad y esas respuestas nos ofrecerán un nuevo camino, un nuevo horizonte que descubrir. Es la felicidad de los que quieren volar más alto todos los días, porque un poco, tan solo un poco más alto, sí  se puede y, desde la altura, animar y ayudar a los demás en su vuelo será, también, una enorme satisfacción.

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Estrategias de éxito: la Felicidad en 10 minutos

Jesús Gallego - Radio RED, con Sergio Sarmiento y Lupita Juárez - 2016Hola de nuevo a todos en este 2016. Antes de nada, mis mejores deseos para este nuevo año y que seamos capaces, en el 2016, de cumplir nuestros sueños y propósitos, para ser nosotros y hacer un poco más felices a los demás.

La Navidad me llevó a España, donde disfruté enormemente de mi familia y amigos de la infancia y, ahora, de nuevo en México, dispuesto a seguir con la labor de ofrecer y ayudar a los demás, personas y empresas, a ofrecer la mejor versión de sí mismos.

Esta mañana estaba en la Radio Red, con Sergio Sarmiento y Lupita Juárez hablando de felicidad. Junto a nosotros, Francisco Rodriguez, CEO de Smart Speakers, que me entrevistaba y presentaba como uno de los speakers de su buró.

Me han llamado mucho la atención ambos locutores y, comentaba con un amigo hace un rato, que son ese tipo de periodistas que hacen preguntas inteligentes y con profundidad a sus invitados. Así que muchas gracias a ambos y al apoyo de Francisco. Abajo les dejo la breve entrevista, a penas 10 minutos, a través de un podcast.

Definir la felicidad es todo un reto, y hoy voy a asumirlo, pues definir es acotar y, cuando delimitas lo que significa la felicidad, en el fondo estás diciendo a alguien que, aunque piense que es feliz, desde tu perspectiva, realmente no lo está siendo, y eso no te hace muy popular. Pero por otra parte, creo que si no delimitamos algo que ya es de por si muy subjetivo, podemos caer fácilmente en la incoherencia. Hace muchos años, alguien me decía: “Jesús, tú eres feliz disfrutando y yo lo soy llorando (se refería a sufriendo)” y, sinceramente, aunque creo que la felicidad se puede encontrar en todas las circunstancias, no reo que la felicidad sea elegir el sufrimiento y el dolor.

Y de ahí quisiera arrancar con lo que entiendo que es la felicidad: una decisión.  Y nos surge la primera pregunta, ¿por que tenemos que decidir ser felices si es un anhelo universal?, ¿alguien desearía no ser feliz? Mi respuesta es que sí, todos deseamos ser felices, pero decidir no es sólo una toma de postura, es la suma de la elección y la acción y, el hecho de que esté clara la elección, porque es beneficiosa para nosotros, no significa que la vayamos a llevar a cabo. De ahí surge el problema de la gratificación inmediata: elegimos hoy lo menos beneficioso, pero también fácil, cómodo y placentero, frente al mañana más saludable, deseable y coherente con nuestros objetivos a largo plazo. Y es que la felicidad es un negocio a largo plazo también.

Por tanto, la felicidad no es sinónimo de placer o de diversión. A ambos términos los incluye, pero no se queda sólo en eso, la felicidad es algo más profundo. Va más allá del hedonismo y la emoción positiva del momento y, la mayor  parte de los casos, tiene que ver más con el sentimiento, algo creado y propio. Así que cuando llegan los buenos momentos – momentos felices – serán sólo parte de nuestra felicidad, la otra cara es lo que llamará Dan Gilbert, la felicidad sintética, es decir, la felicidad construida, creada por nosotros mismos: fabricada desde nuestros significados, gestionada a través de nuestra atención y asentada en un claro sentido y propósito.

Así pues, necesitamos de ese pilar de la felicidad, que es la emocionalidad positiva, con el disfrute, la diversión, el placer. Y en este punto, es bueno recordar las palabras de Nathaniel Branden, nombrado tantas veces como el padre de la autoestima: “El placer para el ser humano, no es un lujo, sino una necesidad psicológica profunda”. De ahí que el voluntarismo, el hacer las cosas sólo porque es lo que hay que hacer, por imperativo categórico, será una clara limitación a nuestra felicidad, desde este concepto que les estoy compartiendo.

El otro pilar necesario y que equilibra mi concepto de felicidad, es el propósito: el sentido y significado que damos a nuestras acciones y a nuestra vida. Creo que una vida sin propósito, es difícil que sea una vida plenamente feliz.  Habrá momentos de felicidad, como decíamos antes, pero será más difícil que sea una felicidad más extensa, más constante, más profunda y a largo plazo. Decía Víktor Frankl, que la felicidad es una causa, “un efecto secundario y no intencionado de entregarnos a algo más alto, más elevado que nosotros mismos”, y comparto esa visión. Por eso la felicidad no puede ser egoísta, no creo que podamos ser felices solos y sin mirar más allá de nuestro ombligo. Y, desde ese punto de vista, cuando más alta sea esa causa y más fuerte esa entrega, más sólida también será nuestra felicidad.

Así pues, hablar de nuestra felicidad no es tanto hablar de cómo estamos evaluando nuestra vida (“¿eres feliz?, ¿cómo te sientes hoy?”), sino, en un sentido más práctico, qué tipo de experiencias estás teniendo o construyendo. Entonces, y como ejemplifica Paul Dolan en su fantástico libro sobre felicidad, y es tantas veces mi experiencia como coach y consultor en los diferentes talleres que imparto, puede estar contándote alguien sus abundantes experiencias negativas y diarias en el trabajo, sus quejas sobre los clientes, sus jefes, compañeros, o las dificultades que tiene para conciliar o lograr sus objetivos personales, etc, y, en cambio, cuando le preguntas si es feliz (le haces evaluar en términos generales su felicidad), te contesta que sí, pues “trabajar en esa empresa/marca merece la pena”, “es una buena oportunidad para mí”, o “estoy aprendiendo mucho y esto pasará”. Contrapongo, pues, evaluación con experiencia, ambas subjetivas pero diferentes, como se puede ver.

Resumiendo entonces, ¿cómo sabemos que estamos teniendo una vida feliz, un trabajo feliz, una relación feliz? Desde mi concepto práctico de felicidad, cuando el conjunto de experiencias positivas a largo plazo, en las que están presentes el placer-disfrute y el sentido, sean mayores que las experiencias negativas donde incurren el aburrimiento, la desidia, el dolor y el sin sentido.

Cada uno necesitará un equilibro distinto. Unos necesitarán mayores dosis de placer, disfrute y consentimiento – más fácilmente aquellos que rocen el perfeccionismo, el voluntarismo o tengan un alto sentido del deber, a veces algo estoico -; y otros necesitarán dar más sentido a su vida, entregarse a algo importante para ellos, luchar, darse y poner el corazón en algo diferente a ellos mismos, encontrando y ofreciéndose a un motivo que sea verdadera causa de su felicidad.

Ahora te toca a tí decidir, pero antes, ¿dónde te ves más?, ¿de qué crees que careces y sobre lo que necesitas un mayor equilibrio: disfrute o entrega, placer o sentido? Creo que es un buen reto para este comienzo de año. Tomar la decisión de ser más felices, buscar el equilibrio y convertir la elección en acción. ¡Mucho éxito! Nos va en ello nuestra felicidad.

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¡Feliz Navidad!

Feliz Navidad y felices días:

Una extraordinaria ocasión, desde la fe en la divinidad y/o en la humanidad, para dar lo mejor de nosotros sin esperar nada a cambio, desde el amor y la convicción.

Mis mejores deseos para estas fiestas.

Christma CE 2015.001

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Andre Agassi, el tenista infeliz por dentro: la historia del Deber al Querer

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Decía C.S. Lewis que leemos para saber que no estamos solos. Pero, ¿y qué sucede después de terminar un libro que nos cautivaba, cuya historia empezaba a formar parte de nuestro día a día? Irremediablemente, nos quedamos un poco solos. Y hoy, he sentido esa soledad.

Terminaba uno de esos libros que no sólo por lo que cuenta sino en la forma en que lo cuenta, les hace ser una pieza de museo. Su título: OPEN. Las memorias de Andre Agassi. Cuando los libros tienen más de 400 páginas, me parecen auténticos Everst de la lectura, para cuya escalada estoy poco preparado – ya saben, poco tiempo, demasiadas excusas y quizá mucha ansiedad por conocer o llegar al final…- , pero esta vez ha sido divertido, cautivador, hasta intrigante, y no podía dejar de escalar todos los días hacia esa cima, para seguir reviviendo la historia de las bolas acertadas y fallidas, en el espacio de la cancha y en la vida, de un deportista al que, raqueta en mano, le escuchaba utilizar su juego como metáfora de la vida. Por cierto, ¡gracias Kike por recomendármelo!

Sus revelaciones son paradójicas y llamativas: odiaba el tenis. Y siempre odió el tenis. “Juego al tenis para ganarme la vida, – dirá – aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado”. Y es que, alguien que ha sido un maestro, para muchos leyenda. Un jugador que emocionó a millones de espectadores y tuvo cientos de miles de fans. Alguien que hizo una fortuna a través del dominio del maravilloso juego de raqueta, ¿tenía motivos para odiar el tenis? Por lo visto sí, y los mismos que cada unos de nosotros cuando nos enfrentamos a nuestro trabajo diario: para él, como para muchos que parecen trabajar por obligación, su trabajo era sólo un deber. Sí, una obligación, un mandato, en el fondo una imposición: del destino, de las circunstancias o, en su caso más específico, de su padre, un obseso del tenis.

Muchas veces trató de dejarlo, pero pronto fue comprobando que tenía talento, tenía un don para ese deporte. Empezó a ser aquello que mejor hacía y, además, ya desde muy jovencito, comenzaba a ser de los mejores. Más adelante, fue el dinero lo que le mantenía en las canchas: era su modo de vida. Y, por último, no terminaba de estar preparado para abandonar, abandonar su mundo, todo lo que le había dado y le seguía ofreciendo, abandonar su forma de vida. Y mientras tanto, mientras entrenaba, cuando corría por la pista, cuando se preparaba para un torneo más, simplemente no era él. Vivía la vida de otra persona. Una persona que no conocía.

¿Y cuántas veces nosotros jugamos el juego de otra persona mientras vivimos?  Y sabemos que no es nuestro juego porque no, no lo queremos jugar. Vamos dando tumbos aquí y allá porque decimos que si pudiéramos elegir, no lo elegiríamos. No elegiríamos ese trabajo, ese lugar donde vivir, incluso, ¡esa familia! Y dejamos pasar los días, las semanas, los meses, quizá los años, sin protagonismo alguno. Más que vivir, sobrevivimos. Somos supervivientes de un mundo que no es el nuestro. ¿Trágico verdad? Y por desgracia, ese sentimiento no es demasiado extraño a tanta gente.

¿Cómo conseguir, entonces, ser y sentirte protagonista en esas circunstancias, cuando la pasión no acompaña? Elisabeth Lukas, discípula de Viktor Frankl diría que necesitamos hacernos conscientes de nuestra libertad. Y es que en el fondo, sí podemos elegir, de hecho, estamos eligiendo, pero no somos capaces de atribuirnos el mérito y consecuencias positivas de nuestra elección, y por ello nos sentimos menos, nos sabemos víctimas, ocultamos el propio sentido de nuestros actos y de nuestra libertad.

Porque sí elegimos. Nunca perdemos nuestra libertad para hacer o no hacer tal o cual tarea, para ir o no ir a tal o cual trabajo, para decir o no decir esto o lo otro, pero nos engañamos, nos privamos de la conciencia de nuestra libertad básica y, con ello, perdemos el protagonismo de nuestras acciones.

Porque vamos a ver, ¡deja de ir a ese trabajo ya!, ¡quédate en casa! No atiendas más a ese jefe, cliente o compañero que parece estar para hacerte la vida más difícil. ¡Sí, claro!, no realices esta tarea que tanto estrés te genera, y ¡acaba con todo de una vez por todas!… ¡Ah! ¿Que no? Es que no quieres dejar de hacer todo eso porque tendría consecuencias, y nada positivas para tí, ¿verdad? Pues ahí lo tienes. Estás eligiendo hacerlo por evitar esas malas consecuencias, tú estás eligiendo. Pero reniegas. No te gusta, e infantil y muy comúnmente asociamos lo que no nos gusta con la ausencia de elección. Pero sí, sí elegimos. Tú y yo estamos eligiendo. 

Y ahora, ya que sabemos que estamos eligiendo, ¿por qué no nos hacemos otro favor y nos convertimos en protagonistas de nuestras elecciones y, además de elegir nuestro comportamiento, elegimos también nuestra actitud?

Necesitamos percibir nuestro comportamiento como libre, pues desde ahí, podrá ser meritorio y, entonces, tendrá la posibilidad de ser observado como positivo y merecedor de nuestra estima. El problema ya lo apuntaba Bernard Shaw: “La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto” Somos responsables de nuestras elecciones porque somos libres.

Andre Agassi temió su propia responsabilidad durante mucho tiempo y, aun sin saber cómo, le privó de su libertad y de ser él mismo, sólo se movía a empujones por los condicionamientos de la vida. Pero con el tiempo, encontró algo que le ayudó cambiar. Un par de cosas que se resumen en una y que son el revulsivo fundamental de tanta gente, en el fondo, un amor, un motivo, un sentido.

Resuena nuevamente Nietzsche, a través de Frankl: “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier como”. De nuevo la elección humana, de nuevo el sentido, de nuevo algo o alguien a quien amar y entregarnos. ¿Y qué tal si tomamos, conscientemente, esa decisión, quizá la decisión más importante de nuestra vida, y elegimos diariamente a qué o quién entregarnos sin reservas? Renovar nuestra decisión de darnos para mantener en forma nuestro corazón.  “La bolsa de deporte – dice Agassi –  se parece mucho al corazón: debes saber qué contiene en todo momento” Él descubrió su propia bolsa y la supo llenar. Y tú, y yo, ¿sabemos qué es lo que contiene nuestra propia bolsa, nuestro  corazón, para así poderlo entregar?

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Carta abierta al mundo, en honor a lo que he aprendido.

Pablo

Hoy me incorporo al trabajo de nuevo, después de unas movidas vacaciones, y leía una frase de Gandhi que decía: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir para siempre”. Me ha hecho pensar y, hoy, por la fecha que es, quisiera compartirte, como en un aparte, en voz baja, en confidencia, algo que llevo en mi corazón y que hoy quiero abrir. Hoy, amigo lector, amiga lectora, no hablaré de liderazgo en las empresas. Sí lo haré de liderar nuestras propias vidas. A través de una historia, parte de mi historia.

Y es que hoy es el cumpleaños de mi hijo, es el cumpleaños de Pablo. Cumple cinco añitos. Los que me conocéis personalmente o, incluso, me habéis escuchado en alguna conferencia, conoceréis que mi hijo tiene síndrome de Down.

Hoy no voy a contar toda la historia de cómo fueron los inicios -tras una sorpresiva noticia-, cómo reaccionamos al principio, o cómo ha sido durante estos años el camino, el día a día, que hemos vivido y disfrutado mi mujer y yo con Pablo. Hoy quiero agradecerle, en su cumpleaños, todo lo que he recogido, todo lo que he aprendido de él, de tí, mi hijo, para que ese aprendizaje nos ayude a vivir para siempre, como diría Gandhi.

Cuando naciste, no sabía qué esperar, no sabía que decir, no sabía qué sentir. Hoy, después de cinco años, lo tengo muy claro y  quiero que el mundo se entere porque nunca podré agradecerte lo suficiente que llegaras a mi vida.

Hace tres años, en Navidad, con un muy buen amigo que llegaba de Alemania a casa, y después de una exquisita cena – ya sabes, es una cocinera magnífica – mamá nos preguntó a los dos, mientras tú dormías, qué había sido lo mejor de este año para nosotros, ¿qué es lo que más agradecéis?, nos dijo. Y a mí, rápidamente me vino una imagen: tu sonrisa, tu rostro a diario cuando te iba a despertar en las mañanas o me recibías con un cariñoso beso. ¡Eso ha sido lo mejor de este año para mí!, respondía. Esa cara, esa sonrisa, ese amor mañanero. Y, a día de hoy, para mí, tu rostro, tu sonrisa, tu cariño, no tiene parangón.

La primera cosa que me has enseñado, cariño, es que todos los días se puede levantar uno con una sonrisa, con alegría en los ojos, con una mirada amable. Y cuando no te veo, o necesito de esa alegría, me acuerdo de tí, recuerdo tu carita, y mi rostro, a la par, se ilumina. ¡Gracias por tu luz, y cuánta responsabilidad de iluminar me ofreces!

Cuando pienso en tí, pienso también que todos los hijos necesitan a sus padres, y les necesitan bien. Es muy importante el bienestar de nosotros, los padres, para que nuestros hijos – vosotros – estéis bien. Y eso tú, Pablo, también lo sabes, lo detectas. Es impresionante cómo percibes cuando mamá y yo estamos un poco distanciados o hemos tenido alguna diferencia y nos dices: “papá, mamá: juntos”, y vienes a nosotros para acercarnos, para ayudarnos. He aprendido de tí tu atención, tu mirada, tu conciencia de cómo es necesario que las cosas estén bien entre nosotros para que estén bien contigo. He aprendido a que, con amor, se puede unir más fácilmente. He aprendido, mirándote a los ojos, que los egoísmos no tienen sentido y que sin ellos es más fácil la felicidad. Gracias, cariño por tanto aprendizaje.

Con el transcurrir de estos años, siempre hay una duda que revolotea, una cuestión que de vez en cuando se posa en nuestras mentes, y es sobre tu futuro, hijo. ¿Y qué será mañana? Contigo he aprendido a vivir más el presente, a dejar en manos de Dios lo que no podemos manejar, y centrarnos en lo que podemos organizar, hacer y resolver. Contigo he empezado a dar más importancia al momento presente y disfrutar más. Más de tí, de mamá, de los nuestros y lo nuestro, de nuestras aventuras personales y profesionales, construyendo, sí, para el mañana, pero dejando también espacio a lo que venga, porque lo que llegó, ya no nos lo podrán arrebatar y podremos recordarlo con agradecimiento. He aprendido a agradecer, a esperar, a vivir y a querer. Gracias, hijo, gracias, Pablo.

Pablo, hijo, eres especial, por eso no te cambiaría. No te puedo querer de otra forma, y por eso me has enseñado también sobre la aceptación. Claro que lo tengo que trabajar mucho más, pero me has enseñado a entender que debemos aceptar la realidad que no podemos cambiar, y cambiarnos a nosotros para ver con otros ojos esa realidad. Por eso disiento de que tú, hijo mío y tu discapacidad, hayáis sido un regalo enviado del cielo. No, nosotros, mamá y yo, lo hemos convertido, con la gracia de Dios, en un regalo, en el más maravilloso que podríamos tener. Y por eso, y por nosotros, a tí, Pablo, no te cambiaríamos en nada ni por nada. Gracias por enseñarme tanto sobre la aceptación, gracias por mostrarme el camino de la superación no resignada, gracias por enseñarme sobre la diferencia y quitarme los miedos que la rodean.

En definitiva, Pablo, me has enseñado a ver la vida de otra forma, me has enseñado a sentir más, a vivir más, a vivir mejor y más profundo. Antes de llegar tú, cuántas cosas decía o sabía, pero no estaban insertas con profundidad en mi corazón. Tu llegada supuso, al principio, un terremoto violento que removió muchas convicciones. Hoy, esas convicciones han encontrado cimiento profundo, pilares robustos, y una mayor consciencia. Gracias, hijo, por servir para remover mi vida y darla más sentido.

Muchas felicidades, Pablo, muchas felicidades, hijo. Sabes que eres lo más importante para tu mamá y para mí. Ojalá que nuestra labor la hagamos de tal manera que nunca seamos límite para tus posibilidades. Un beso muy fuerte ¡¡y feliz cumpleaños!!: tu padre que te quiere.

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