Decálogo para un auténtico protagonista

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La entrada fue impactante. Tanto que la visión de su nueva morada les paralizó. Se detienen. La cámara da la vuelta y muestra a sus nuevos vecinos, decenas de hombres con ropa de rayas, mirándoles, mitad atentos, mitad perdidos. El padre observa a su hijo y en el segundo que entiende cómo le puede golpear la tragedia, transforma todo aquello en un teatro, comienza el juego.

– “Es fantástico Josué, ya te lo había dicho, qué lugar, ¿eh? Corre, corre, que nos quitan el sitio. ¡Tenemos una reserva!, ¡dos literas! Permiso… , permiso… Aquí es, aquí está, ¿lo ves? Dormiremos bien aquí juntos, ¿eh?

-Papá, esto es feísimo y huele mal, quiero ir con mamá

-Sí, ya iremos, sí.

-Tengo hambre

-Ya comeremos

-Estos hombres son malos, gritan mucho.

-Claro, gritan porque el premio es grande. Un tanque lo quiere todo el mundo. Tienen que ser duros, ¿eh?

-¿Puedo ir a ver a mamá?

-Cuando acabe el juego

-¿Y cuándo se acabará?

-Ah….., debemos ganar…1.000 puntos. Quien gane 1.000 puntos gana el carro blindado nuevo. (…)

 

guidoEl resto, seguramente lo recuerdas. Entra un oficial alemán y pregunta por alguien que sepa hablar su idioma y explicar las reglas del campo de concentración. Guido, sin saber una palabra del idioma de sus captores, se ofrece y “traduce” para su hijo las palabras amenazantes del soldado nazi, convirtiéndolo en las reglas del pequeño para ganar el ansiado  tanque. Todos, atónitos, escuchan: “Empieza el juego, quien no haya llegado, ya no juega”.

“La vida es bella” siempre me ha parecido una película fascinante y, esta escena en particular, creo que es una síntesis de la misma: dura y tierna, cómica y dramática, romántica y conmovedora. La propuesta de Roberto Benigni recuerda las palabras de Florence Scovel cuando decía que “la mayoría de la gente considera la vida como una batalla, pero la vida no es una batalla sino un juego”

Y si fuera así, ¿cómo va nuestro juego?, ¿vamos ganando?

Creo que todos hemos nacido para ganar este juego, pero no lo jugamos contra nadie, ganar no significa llegar el primero, sino correr lo más que podamos. Significa subir cada día al escenario de la vida y ser los protagonistas de nuestro papel, del guión que nosotros decidamos escribir. Ganar, significa jugar nuestra mejor partida con las cartas que nos han tocado, independientemente de qué cartas tengan los demás.

El juego ha comenzado y, queramos o no, estamos en el escenario, el escenario de nuestra vida. La pregunta no es si quieres subirte e interpretar un papel, sino cómo lo vas a interpretar, porque las cámaras ya están en marcha.

Así que, ya en el escenario, habiendo empezado el juego, unas reflexiones antes de entrar de nuevo en acción.

1. Se tú quien elija el guión. 

Decía Oscar Wilde “se tú mismo, el resto de los papeles ya han sido tomados”. No permitas que nadie escriba el guión de tu vida, se tú quien tome las decisiones más importantes, decide quién quieres ser y cómo actuar.

2.  No esperes a que otro entre en juego: ¡sólo juega tu mano!

Esperar que sucedan las cosas no evitará nuestra responsabilidad de jugar nuestro mejor papel. No jugar, no apostar, es perder la partida.

3. Eres el jugador, no las cartas.

Las circunstancias que nos acompañan, por duras o difíciles que sean son eso, circunstancias, nosotros somos quienes decidimos en este juego de la vida. Podemos vivir con la sensación de que somos las cartas que nos tocaron, o entender que somos nosotros quien tiene la responsabilidad de jugarlas.

4. Si no puedes cambiar tus cartas, juega tu mejor partida.

Las cartas que nos ha repartido la vida no las podemos elegir, pero sí podemos elegir cómo jugamos nuestra partida.

5. Independientemente de las cartas, todos los días puedes ganar. 

Sólo tú puedes transformar una mala jugada o un error en victoria, basta solo con aprender algo de ello. Los errores sólo son fracasos si no se aprende.

6. Fracasar no es perder una mano, es retirarse del juego.

Errar o tropezar no es la causa del fracaso, la causa es no levantarse y seguir luchando.

7. Para ganar, juega a ganar en vez de jugar a no perder. 

Ten claro cuál quieres que sea tu jugada, el objetivo, lo que quieres conseguir, y pon el corazón. No malgastes el tiempo y la energía pensando sólo lo que no quieres o de cuántas maneras te podrá ir mal.

8. Si no sabes jugar con malas cartas, tampoco sabrás ganar el juego cuando las tengas buenas. 

Ser tu mejor versión dependerá de tus decisiones no de las cartas que te toquen. Y cuando las circunstancias mejoren, te darás cuenta de que te convertiste en mejor jugador.

9. Al final de la partida, el resultado es tuyo.

No importa qué cartas recibas, o qué jugadores se hayan sentado a tu lado, tú habrás dirigido tus jugadas y el resultado es tuyo. No eludas el resultado ni la responsabilidad de no haberlas jugado bien.

10. Serás feliz no cuando ganes la partida sino cuando aprendas a jugar, lo des todo y apuestes fuerte.

Como diría Maslow “Si planeas deliberadamente ser menos de lo que eres capaz de ser, corres el riesgo de ser infeliz durante el resto de tu vida”. Juega y apuesta de verdad, es tu vida.

Pienso que lo importante es que cuando haya terminado la partida de cada día, puedas descasar a gusto porque dejaste todo en el juego, jugaste tu mejor papel y fuiste quien querías ser.

Al igual que toda jugada tiene en resultado, toda acción tiene un impacto. Y no estamos solos, más pronto o más tarde, nuestras acciones tienen un impacto en los demás.

A Guido le tocaron unas pésimas cartas, pero las supo jugar muy bien, diría que las jugó de una forma brillante. Ganar la partida significó para su hijo conseguir el carro de combate, pero fue algo más, mucho más: le ayudó y nos enseño a los demás a vivir la vida de una manera mucho mas bella. ¡Gracias, Guido!, ¡Gracias Benigni!

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Si no existiera, deberíamos de inventarlo: la Navidad

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La Navidad agita una varita mágica sobre el mundo, y por eso, todo es más suave y más hermoso”. Norman Vicent Peale

Cuenta la tradición que San Bonifacio, evangelizador de Alemania en el siglo VIII, a su regreso de Roma y en la víspera de Navidad, encontró a sus fieles  cayendo en la idolatría y dispuestos a sacrificar a un niño bajo el sagrado roble de Odín. Encendido por una ira santa, tomó un hacha para cortar el roble sagrado y demostrar que no sería víctima del dios del trueno.

“¡Escuchen hijos del bosque! – gritó San Bonifacio – La sangre no fluirá esta noche, salvo la que la piedad ha dibujado del pecho de una madre. Porque esta es la noche en que nació Cristo, el hijo del Altísimo, el Salvador de la humanidad. Así es que ahora, en esta noche, ustedes empezarán a vivir. Este árbol sangriento ya nunca más oscurecerá su tierra. En el nombre de Dios, voy a destruirlo”.

Al momento, y sin que aún pudiera hundir su hacha en el tronco, una tremenda ráfaga de aire derribó el enorme árbol y, partiéndolo en pedazos, desató el temor y admiración del pueblo.

El santo – continua narrándonos la leyenda – observó un pequeño pino que milagrosamente había permanecido intacto, y quiso observar en él, la caricia y amor de Dios,  así que lo adornó con manzanas y velas, símbolo, las primeras, de las tentaciones a las que somos sometidos y, representación, las segundas, de la luz de Dios. Así, nació nuestro  árbol de Navidad.

Hoy ya todos vemos en nuestras calles ese árbol de Navidad. Quizá con una mirada distinta, más festiva y consumista, pero sigue estando ahí para preceder al Niño Dios, a la generosidad, la entrega y el sacrificio amoroso en favor de los demás. Ese es el tiempo de Navidad.

La Navidad – nos dirá Washington Irving – es la temporada para encender el fuego de la hospitalidad en el salón, y la genial llama de la caridad en el corazón”.

Los que creemos y tenemos fe, vemos en ese Niño Dios la causa de nuestra caridad y amor. Para quienes no crean, un tiempo como éste, puede ser un fantástico ofrecimiento, una invitación, para pensar más en los demás, para hacer nuestras sus preocupaciones,  para dar brillo a sus ilusiones y para transformar, en definitiva, esa hermosa causa, en acciones reales y generosas.

La Navidad, a todos, nos ofrece una historia de Amor y en las empresas hemos de seguir compartiendo ese mismo mensaje. Si hemos entendido la necesidad de explicar lo importante de nuestro valor agregado a través de la narración y el storytelling; si el liderazgo es servicio y saber transmitir nuestros valores; si estamos convencidos de que liderar con afecto y amor, es más humano y efectivo;  ¿cómo vamos a dejar pasar este momento para poner el corazón de nuestras empresas en cada uno de los nuestros y también en nuestros colaboradores?

Por eso, si la Navidad no existiera, al menos en el plano humano, tendríamos que inventarla. Más allá del regalo, la alegría de la fiesta y el regocijo del encuentro, la causa es mucho más alta: se trata de ponernos al servicio de los demás;  abrir nuestro corazón y renacer en nuestras relaciones; ser capaz de entregarnos y entregar lo mejor de nosotros a quienes queremos y nos necesitan. Lo mejor de la Navidad de antaño, es que Dios llegó a visitarnos. Lo mejor de nuestra Navidad hoy, es que podemos dar posada a esa santa visita y, del mismo modo, abrir a los demás nuestro corazón.

Mis mejores deseos en esta Navidad, para tí y toda tu familia; mi promesa para re-nacer a quien quiero ser y mi compromiso por poder ofrecerte mi mejor versión en estos días, y tomar carrerilla para también hacerlo en los venideros. Mantengamos el brillo del árbol y la Navidad. Como diría Grace Noll Crowell, “aunque se pierdan otras cosas a lo largo de los años, mantengamos la Navidad como algo brillante”. ¡Feliz Navidad!, ¡felices fiestas!, ¡feliz brillar en tu generosidad!

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Encender el corazón…, y actuar desde lo menor

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Asistía hace unos días a ver la película “Encender el corazón”, una película de Mark Vicente que forma parte de un movimiento social en México para concienciar a todos los que formamos parte de este hermoso país, sobre el problema de la delincuencia y la violencia, animándonos a vencer el miedo, apostar por la paz desde la responsabilidad y a ser parte de la solución. Cada día, son asesinadas 50 personas en toda la República Mexicana y acostumbrarse a ello o mirar hacia otro lado no es formar parte de la solución. Decía Bernard Shaw que “la libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tienen tanto miedo”. Y este tema, en el fondo, creo que trata sobre responsabilidad.

Es fácil que, durante la proyección, a todos a los que nos importa México nos emocionemos. La película te llega, te toca, mueve el corazón. Si bien relata una realidad que es dura, lo aborda también desde una perspectiva esperanzadora, de solidaridad y de ánimo. Cuando esa noche terminó la proyección, cada uno de nosotros, puestos en pie, aplaudíamos emocionados, sintiendo una necesidad colectiva de cambio y queriendo formar parte, de alguna forma, de esta bella iniciativa. Pero cuando el corazón se apacigua, puede llegar la fuerza de la reflexión y, en mi caso, de regreso a casa me preguntaba, y ahora, ¿qué sigue?

Participar en generar un cambio colectivo, cualquier cambio, es una cuestión de responsabilidad y, una vez que tomas conciencia de esa responsabilidad, o formas parte de la solución o formas parte del problema. Ser parte de la solución supone, en primer lugar, tener claro cuál es nuestra convicción y decidir cuál va a ser nuestra respuesta, independientemente de quién nos siga. Como le gusta decir a mi mujer, si no somos capaces de convencer, al menos que no nos convenzan de lo contrario. Sino, pienso que no sólo nos traicionamos a nosotros mismos, sino que estaríamos comprando un muy mal producto, a un muy mal vendedor y además nos estaríamos quejando de que está en nuestras manos. Así que, permíteme que te pregunte ¿cuál es tu convicción?, ¿qué es lo que de verdad crees que es lo mejor que pueda suceder?, ¿y estás dispuesto a hacer que suceda? Porque si solo queremos que las cosas cambien sin nosotros aportar, y si vamos a dejar nuestra convicción en manos de otros, esa no será nuestra convicción y, así, la llamada al corazón se convertirá en pura sensiblería, la queja será comentario superfluo de cafetería y, el dolor, sólo postura compasiva.

Lo que sigue es pasar a la acción, pero ¿cómo puedo contribuir a ser parte de la solución en una cuestión de dimensiones desproporcionadas? Me acordaba, entonces, de la teoría de las ventanas rotas.

Para quien no lo conozca, el experimento fue elaborado por Zimbardo y consistió en dejar un coche abandonado, con las puertas abiertas y sin placa, en medio del Bronx de Nueva York. Al poco tiempo, el coche acabó sin ningún elemento de valor y, después, destrozado. Días después, abandonaban un coche en Palo Alto, California, un lugar muy diferente, pero el auto en las mismas condiciones que en el Bronx, y no sucedió nada. Entonces, Zimbardo rompió sus cristales y golpeó la carrocería del coche para dejarlo expuesto de nuevo a los transeúntes y, efectivamente, sucedió lo mismo que en el Bronx, terminó el coche saqueado y destrozado. A partir de ahí se elaboró la teoría de las ventanas rotas que viene a decir que si rompes la ventana de un coche o un edificio y no lo reparas, envías el mensaje a todos los que lo vean de que no te importa, que lo estás descuidando y, lo que al principio será una señal de descuido, terminará siendo un permiso implícito para que no sea respetado, incluso por ti mismo. Es decir, si no cuidas lo pequeño, por ahí abres un espacio para que se introduzca la falta de cuidado, de respeto y de civismo. Y el destrozo se da a una velocidad sorprendente.

En Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos se aplicó la teoría de las ventanas rotas para hacer descender la criminalidad, cuidando y limpiando la suciedad y los grafitis del metro. Así, cuidando insistentemente lo menor, se enviaba un mensaje claro de que no se quería permitir lo mayor.

¿Y es aplicable al caso de la violencia de México o cualquier otro contexto hostil sin esperar mucho más de los poderes públicos o la autoridad? Pienso que sí, y la solución debe de estar dentro del ámbito de nuestras posibilidades, cuidando lo menor y entendiendo cuál es el problema mayor.

  • Porque detrás de la violencia, hay una ausencia de consideración por la vida y las personas, ¿qué tal si mostramos verdadero interés por quienes nos rodean, en nuestras casas, trabajos o comunidades?, ¿y si cambiáramos el frío saludo por la preocupación de quién es la persona con la que me encuentro?, ¿conocemos el nombre e intereses más cercanos de las personas que nos ayudan con cualquier servicio de limpieza, seguridad, transporte…, y con las que todos los días nos encontramos?
  • Porque detrás de la violencia, hay una falta de civismo, ¿por qué no nos mostramos más cívicos en el respeto por el otro cuando estamos manejando, y respetamos también los semáforos, los pasos de peatones y las normas en favor de la comunidad?
  • Porque detrás de la violencia, hay pobreza de corazón, ¿se imaginan cómo sería nuestro entorno si apostáramos por la generosidad de abrir nuestro corazón y ofrecer nuestra confianza a aquellos que ya conocemos, para que de veras nuestra casa también pueda ser su hogar?

Encender en corazón significa, antes que nada, encender nuestro corazón. Empieza por nosotros, y por la congruencia de nuestro comportamiento, con pequeños cambios, pero acciones reales. Mi enhorabuena a todos los que apoyan este movimiento de “encender el corazón”, y mi recomendación de acudir a ver la película.

Los pequeños cambios propuestos, hoy no acabarán con la violencia, la delincuencia o la agresividad, cualquiera que sea y en el ámbito de cada cual, pero sin ello, será mucho más difícil. Aquello que sólo depende de nosotros, sólo sobre nosotros recae su responsabilidad. Como dijo Madre Teresa: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si la faltara una gota”, de hecho, nuestra gota.

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La fuerza del contexto: liderazgos cotidianos

august-landmesser_suddeutsche-zeitung-photo-scherlHace ya unos cuantos años participaba en una certificación en la Universidad de Toronto, Canadá, sobre inteligencia emocional y el trabajo con emociones que dirigía el doctor L. Greenberg. En uno de los ejercicios que hicimos, una compañera alemana se convirtió en un mar de lágrimas durante su participación. Me impresionó saber que aquellas lágrimas que no dejaban de caer por su rostro, se debían a su incapacidad para perdonar a su abuelo – estaba en una introspección emocional sobre un asunto aún no resuelto – y era porque su querido abuelo había sido un oficial nazi.

Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras, y creo que es bien cierto. Si además, detrás de esa imagen hay toda una historia, seguro que ya nunca olvidarás ambas. Yo no olvidaré el dolor y la historia de aquella mujer.

Me venía este suceso a la mente por la conexión con la historia que hoy te quiero contar  y que, estoy seguro, tampoco olvidarás.

Pero antes de conocer al protagonista del suceso que te quiero presentar, detengámonos en otro lugar de la historia, en este caso, de la historia de las ciencias sociales. Y abramos la puerta del laboratorio del profesor Philip Zimbardo. Fue él quien diseñó el experimento de la cárcel de Stanford para mostrarnos la influencia de la presión externa. Como el mismo Zimbardo dice “qué sucede si se pone a gente buena en un lugar perverso”. Allí observamos a  diferentes jóvenes que se enfrentarán a la fuerza de un determinado contexto, una cárcel ficticia y, mientras unos adoptaban el rol de presos, otros serán sus carceleros. Se trataba de comprobar la capacidad de influencia del contexto, y si éste podía, de veras, tener un poder transformador. Y así fue. Tanto interiorizaron sus papeles y se dejaron llevar por la presión, que debieron de detener el experimento, pues los guardias empezaron a adoptar un comportamiento verdaderamente cruel, mientras que los encarcelados se sometían pasivamente, haciendo de aquel experimento algo ya vejatorio para los presos.

Lo que nos mostró ese experimento, junto con otros muchos realizados, es que la situación contextual en la que vivamos, puede hacer de nosotros alguien peor de lo que nos creíamos. Y este tipo de experimentos se han utilizado para contestar a la pregunta de cómo el hombre puede protagonizar o permitir situaciones tan tremendas como se dieron en la Alemania nazi, así como la mermada lucha y resistencia de la voluntad individual frente al poder institucional.

Y es en este contexto donde aparece la historia de nuestro héroe cotidiano. Su nombre, August Landmesser; su historia, la de una fotografía; su respuesta, una muestra de valentía y heroicidad. Era una tarde del 12 de Junio de 1936, en los astilleros de Blohm und Voss, de Hamburgo, se recibía con euforia a Hitler para la botadura de un nuevo velero. Era el Führer, su líder, y estaba delante de ellos. La multitud entusiasmada levantaba el brazo al unísono, como era la costumbre y, probablemente, repetirían Sieg Heil! (¡Salve Victoria!) como les ordenaban hacer en presencia de su jefe supremo. Pero no todo el mundo rendía pleitesía al Führer. Si se fijan, hay un hombre que no levanta el brazo. Permanece de brazos cruzados. Él es August Landmesser. El no sigue a la multitud, él no sigue las reglas, él no es uno más. Landmesser ya no quiere formar parte del rebaño.

august-landmesser-2La historia de August Landmesser es la historia de su amor por una mujer. Una mujer judía con quien tuvo dos hijas y con quien la impidieron formalizar su matrimonio debido a las leyes nazis del momento. Landmesser y su mujer acabarían condenados a trabajos forzados, y ella, muriendo en uno de los campos de concentración.

La rebelión de Landmesser, como la postura del rebelde desconocido (el hombre del tanque en la plaza de Tiananmen), la actitud de Rosa Parks o del padre Kolbe y de tantos otros más, nos acercan al heroísmo cotidiano: gente ordinaria, normal, desempeñando comportamientos extraordinarios. Pero, ¿cómo  llega un ser humano a superar la fuerza del contexto y tomar ese tipo de decisiones? En el fondo, ¿cómo es que nos podemos resistir?

Zimbardo nos dará algunas claves para entrenar nuestro heroísmo, para sin ser gente extraordinaria, sí tomar decisiones extraordinarias. Y ahí está la raíz de nuestra capacidad: ser conscientes de que diariamente estamos tomando cientos de decisiones y que sólo tenemos que entrenarnos en hacer fuerza, dar un paso, empujar un poquito en la dirección que nosotros queremos, pero todos los días, frente al ambiente hostil, el pensamiento dominante o la presión del grupo, que genere un efecto dominó en nuestro comportamiento y en el entorno.

¿Cómo podemos dar ese primer paso?

  1. Entendiendo el poder de ser el primero: ser nosotros el primero en dar el paso. Si nosotros no damos un paso, nadie lo podrá dar por nosotros, y no estaremos en situación tampoco de exigirlo. Nos sentiremos orgullosos de nuestro comportamiento y, de cara a los demás, será ejemplarizante.
  2. Apoyando a quien de el primer paso. Si no somos nosotros quien damos el paso y alguien se adelanta, el poder de ser el segundo se activará al ofrecernos como aliados del primero.
  3. Ser un individualista positivo: permítete ser diferente delante de los demás y resiste.
  4. Haz sentir a alguien especial. Así, te estarás enfocando en otra persona y encontrarás más motivos para rebelarte frente a la injusticia. Ofrécete para el servicio o atención de otras personas. Preocúpate de ayudar a alguien que está necesitado.

Me parece que tienen mucho sentido estos consejos del profesor Zimbardo y, como no estamos exentos de la posibilidad de la cobardía o la inacción, sería bueno recordar que todos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Como diría Bernard Shaw, “todo hombre y mujer razonables son un canalla en potencia y un buen ciudadano en potencia”. Lo que hagamos y cómo actuemos en el momento de la prueba, dependerá de nuestras decisiones de hoy y cuánto nos hayamos entrenado en ellas.

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Los tres fracasos del Líder: aprendiendo de los errores

 

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Pocas personas hay que se salven de la visita al doctor y, también muy pocas, de haber pasado por un hospital. ¿Sabías que, sólo en Estados Unidos, se contabilizaron más de medio millón de muertes por errores médicos y, cada día, se dan unas 10.000 complicaciones graves en la atención sanitaria? Eso supone llenar, cada diez días, el estadio azteca – el tercer estadio de fútbol más grande de mundo – de gente con nuevos problemas médicos y, un 1 de cada diez de ellos, serían fallecidos por esos fatídicos errores médicos. Cuando leí los números me perecieron una auténtica tragedia. No en vano, los errores médicos son la tercera causa de muerte en EE.UU., tras las enfermedades cardíacas y el cáncer.

Después de los números llegan las preguntas, ¿y cuál es la causa?

En el sector de la aviación, en 1912, ocho de cada catorce pilotos tenían un accidente. Y en las escuelas de aviación de la época, había un 25% de accidentes. Pero ya en el 2014 se cuenta tan sólo un accidente por cada 8 millones trescientos mil vuelos. Enorme diferencia, ¿verdad?

¿Y por qué en el sector de la medicina sigue habiendo tantos errores y en el de la aviación no? La respuesta podría ser por la falta de una correcta gestión del error, en el primer caso, o por la posibilidad de progreso en el otro, a través de la aceptación, gestión, evaluación y aprendizaje de los errores. Importancia esencial tienen las cajas negras de los aviones, con toda la información, así como un sistema y mentalidad dirigidos a aprender de los errores y a facilitar su conocimiento. Esa es la tesis que mantiene Matthew Syed en su libro “Pensamiento caja negra. La sorprendente verdad del éxito”, de cuya lectura he disfrutado enormemente este verano.

Probablemente recuerden uno de los vuelos comerciales más famosos de todos los tiempos. Era un 15 de enero del año 2009 y, 90 segundos después de despegar,  unos gansos impactaron en los motores del avión, inutilizándoles para su funcionamiento. Empezó, así, la caída libre. El piloto, entonces, pronunció aquellas palabras que silenciaron la aeronave: “Les habla el capitán. Pónganse en posición de impacto”. Se trataba del capitán Sully Sullenberg y estaba aterrizando sobre las heladas aguas del río Hudson.

Tras aquel amerizaje, sólo hubo cinco heridos graves y Sully Sullenberg fue  felicitado por el Presidente Obama, y reconocido por el Time Magazine, le entregaron también las llaves de la ciudad de Nueva York y la ciudad, y el país entero, le consideró todo un héroe. De hecho, su vida ha sido llevada al cine y la película se estrenará en unas semanas.

Meses después del milagro del Hudson, en una entrevista televisiva decía:

Todo lo que sabemos en la aviación, las reglas de los manuales, todos los procedimientos que tenemos, se deben a que alguien murió en algún accidente (…) Hemos adquirido, a un precio altísimo, lecciones que literalmente costaron sangre y que debemos conservar como un conocimiento institucional para las siguientes generaciones. No podemos permitirnos el fracaso moral de olvidar estas lecciones y no aprender continuamente de ellas”.

Sus palabras subrayan nuevamente la idea de la necesidad de aprender de los errores y que, a través de ellos, se podrán generar cambios significativos y auténticos progresos. Eso pasa por considerar el error una fuente de información extraordinaria y, por tanto, un lugar a explorar con humildad, sin  innecesarias culpabilidades y con una actitud de mejora y servicio.

Esos errores supondrán, muchas veces, verdaderos fracasos que, nuevamente, hemos de afrontarlos sin miedo y desde una mentalidad de aprendizaje. Pero como decía el capitán Sullerberg, sería un “fracaso moral olvidar estas lecciones”. Hoy no podríamos vivir sin el conocimiento acumulado, ya no de siglos anteriores, sino de años anteriores. Y parte de ese conocimiento está basado en el progreso desarrollado tras intentar y fracasar, probar y errar, aprender y avanzar.

Cuando leía a Matthew Syed e investigaba la historia de Sully Sullenberg, reflexionaba sobre el liderazgo y su ejercicio. ¿Cuáles pueden ser considerados los fracaso de un líder? Evidentemente dependerá dónde pongamos el mayor peso del liderazgo. Para los que entendemos que el liderazgo consiste en la capacidad de influir e inspirar a las personas para conseguir, juntos, un futuro mejor sostenible, el líder podrá tener tres grandes fracasos:

  1. Generar un compromiso limitado (o muy limitado) entre los colaboradores, al poner mucho el foco en los resultados y poco en las personas.
  2. Fracasar al no conseguir resultados a través de la gente y ausencia de una visión de futuro inspiradora.
  3. No apostar por una cultura donde los colaboradores puedan desarrollarse, y aprender, también a través de los errores, generando un contexto al que deseen pertenecer, se sientan orgullosos y haya un proyecto colectivo a largo plazo.

Desde esta visión, el liderazgo es exigente, muy exigente. Y creo que debe ser así. Y nos enfrentaremos a muchos fracasos. Así, si observamos la ausencia del compromiso de nuestra gente, podremos hablar de fracaso; si no somos capaces de generar un ambiente contenedor y atractivo, podremos hablar de fracaso; si no conseguimos resultados y ofrecemos nuestra mejor versión, podremos hablar de fracaso. Y será en esas ocasiones, donde obtendremos cientos de señales y de información sobre cómo mejorar nuestro liderazgo: ¡aprenderemos de nuestros fracasos! El fracaso, entonces, como decía Henry Ford, sólo es la oportunidad de empezar de nuevo, esta vez de manera más inteligente.

Podrá ser, así, una verdadera experiencia de liderazgo que nos genere valor, a nosotros y a nuestra compañía, porque observaremos items, comportamientos, conductas para medir los resultados de nuestro liderazgo, podremos saber si estamos progresando y aprendiendo, podremos, así, evaluarnos como líderes. Y es que, como me gusta mucho reflejar en mis conferencias, cuando nos hicieron líderes, no nos dieron una corona, sino la responsabilidad de sacar lo mejor de los demás. Todo un reto, ¿cierto? ¡Mucho éxito entonces… y muchos fracasos!

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¿Qué es lo que te impide volar?

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Cuentan que un granjero subió a una montaña y se encontró un pequeño aguilucho recién nacido. Lo llevó a su granja, y allí lo cuidó y lo dio de comer junto con sus patos, gansos y gallinas. Pasados cinco años, un amigo que pasó por la granja, se dio cuenta que tenía junto al resto de animales, un precioso águila, así que le dijo:

-Disculpa amigo, ese pájaro que tienes ahí, no es una gallina, es un águila.

A lo que le contestó el granjero.

– Sí, es cierto, pero lo he educado como gallina y ahora, ya no es un águila, es una gallina.

El hombre le replicó:

-Perdona, pero un águila no deja de ser águila sin más, tiene corazón de águila y podrá volar y surcar los cielos

-No, te aseguro que ahora es una gallina y jamás volará.

-Hagamos la prueba, dijo el amigo.

Y, efectivamente, el hombre tomó el águila, lo levantó, y le dijo:

– ¡Tú eres águila, perteneces a los cielos, despliega tus alas y vuela!

Pero no sucedió nada, el águila no voló, no se movió del puño del amigo del granjero. Y viendo el águila el maíz que les echaban a las gallinas, saltó también para comer, como una más.

-Ya te lo dije, es una gallina.

El amigo, no se dio por vencido, y subió al tejado de la granja y, desde allí, de nuevo, tomo al águila en sus manos y le gritó:

– ¡Tú eres águila, perteneces a los cielos, despliega tus alas y vuela!

Pero no de nuevo, el águila, no se movió. Y volvió con sus hermanas las gallinas.

El amigo del granjero, entonces, tomó al águila y subió con ella a la montaña. Desde lo alto, se divisaba todo el valle y también, a otras águilas volar. El hombre, puso al águila frente al sol y ésta, mientras observaba aquel paisaje y a sus compañeras águilas volar, dándose cuenta de sus posibilidades, tras el empujón de aquel hombre insistente, se lanzó a volar.

Cuando leía este breve cuento, no podía más que recordar las palabras del psicólogo suizo Piaget, cuando decía que es curioso, pues de niños, cuando nos ocultan un objeto, pensamos que ha dejado de existir, ya no está más en nuestro mundo. Pero cuando crecemos ya un poco, sabemos que simplemente está escondido.

Con nuestras posibilidades como seres humanos y con el desarrollo de nuestro Talento, sucede algo parecido. Y así, podemos encontrar a algunas personas, y a algunos líderes que, al no ser algo muy tangible su propio desarrollo o el de sus colaboradores,  al no verlo, tocarlo o poder medirlo, se comportan como si fueran esos niños a quienes algo se les oculta y, entonces, deja ya de existir.

Soy un convencido de que en nuestro propio desarrollo, está parte de nuestra felicidad, pues al igual que una piedra preciosa no nos mostrará toda su belleza si no se pule, el ser humano no podrá encontrar su plenitud si no explora sus posibilidades.

Seríamos como el águila que aprendió a ser gallina. Aprendemos a quedarnos cortos, a mirar bajo, a no levantar el vuelo, y a no creer en nosotros como posibilidad. Y es que el ser humano vive como cree que puede vivir, y ahí se asienta la fuerza de nuestras creencias y paradigmas. Por eso afirmaría Henry Ford que “tanto si crees que puedes, como si crees que no puedes, en ambos casos aciertas”. Somos también nosotros nuestro propio límite o nuestra fuente de posibilidad. Y, por ello, nuestro límite lo marca no tanto lo que podemos llegar a ser sino lo que creemos que podemos llegar a ser.

Es una cuestión de aprendizaje. Aprendemos a ser menos, a hacer menos, a valorarnos menos, pero la buena noticia es que al igual que lo aprendemos, lo podemos desaprender. Martin Seligman lo llamará indefensión aprendida. Se trata de ese sentimiento que se produce en nosotros cuando vemos que hagamos lo que hagamos, nuestro comportamiento carece de importancia y no se dan los resultados que deseamos. Cuando aprendemos que nuestras acciones son inútiles y que nada de lo que podamos hacer tiene importancia, entonces, ya no actuamos, evitamos toda iniciativa, nos volvemos pasivos.

Como consecuencia, la creencia sobre nuestra propia valía se ve limitada, y ya no solo no volamos, sino lo más grave es que creemos que no podemos volar. Y como el águila de nuestro cuento, nos acomodamos a la vida de las gallinas, y renunciamos a buscar mejores posibilidades.

Cuántas veces habremos visto a personas que no se veían capaces de manejar de distinta manera en una relación, un trabajo o un proyecto; cuántas veces habremos sido testigos de la inacción que provoca la queja y la falta de respuesta para una solución; cuántas veces nos habremos dicho a nosotros mismos “yo soy así” y, por tanto, hemos renunciado a cambiar. En el fondo, ¿a qué hemos aprendido a renunciar?

Para vencer esos obstáculos y alcanzar una mayor grandeza de miras que nos ofrezcan nuevas respuestas y oportunidades, necesitamos aceptar nuestra vulnerabilidad y, con humildad, desprendernos de lo que para nosotros es una certeza. Hemos de enfrentarnos al espejo de la posibilidad, ese espejo que quiere ver de nosotros nuestra mejor versión, y que examina la validez nuestras creencias cuestionándolas. Y es que, esto que estoy pensando sobre mí y mi capacidad de generar nuevas oportunidades, ¿me limita o me potencia?, ¿me ofrece posibilidades o me  dota de limitaciones?; esto que tengo dando vueltas en mi mente, ¿me ayuda a ser mejor persona y a ayudar, más y mejor, a los demás, o reduce la mejor versión de mi mismo?

En el fondo, seguimos hablando de felicidad y esas respuestas nos ofrecerán un nuevo camino, un nuevo horizonte que descubrir. Es la felicidad de los que quieren volar más alto todos los días, porque un poco, tan solo un poco más alto, sí  se puede y, desde la altura, animar y ayudar a los demás en su vuelo será, también, una enorme satisfacción.

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Estrategias de éxito: la Felicidad en 10 minutos

Jesús Gallego - Radio RED, con Sergio Sarmiento y Lupita Juárez - 2016Hola de nuevo a todos en este 2016. Antes de nada, mis mejores deseos para este nuevo año y que seamos capaces, en el 2016, de cumplir nuestros sueños y propósitos, para ser nosotros y hacer un poco más felices a los demás.

La Navidad me llevó a España, donde disfruté enormemente de mi familia y amigos de la infancia y, ahora, de nuevo en México, dispuesto a seguir con la labor de ofrecer y ayudar a los demás, personas y empresas, a ofrecer la mejor versión de sí mismos.

Esta mañana estaba en la Radio Red, con Sergio Sarmiento y Lupita Juárez hablando de felicidad. Junto a nosotros, Francisco Rodriguez, CEO de Smart Speakers, que me entrevistaba y presentaba como uno de los speakers de su buró.

Me han llamado mucho la atención ambos locutores y, comentaba con un amigo hace un rato, que son ese tipo de periodistas que hacen preguntas inteligentes y con profundidad a sus invitados. Así que muchas gracias a ambos y al apoyo de Francisco. Abajo les dejo la breve entrevista, a penas 10 minutos, a través de un podcast.

Definir la felicidad es todo un reto, y hoy voy a asumirlo, pues definir es acotar y, cuando delimitas lo que significa la felicidad, en el fondo estás diciendo a alguien que, aunque piense que es feliz, desde tu perspectiva, realmente no lo está siendo, y eso no te hace muy popular. Pero por otra parte, creo que si no delimitamos algo que ya es de por si muy subjetivo, podemos caer fácilmente en la incoherencia. Hace muchos años, alguien me decía: “Jesús, tú eres feliz disfrutando y yo lo soy llorando (se refería a sufriendo)” y, sinceramente, aunque creo que la felicidad se puede encontrar en todas las circunstancias, no reo que la felicidad sea elegir el sufrimiento y el dolor.

Y de ahí quisiera arrancar con lo que entiendo que es la felicidad: una decisión.  Y nos surge la primera pregunta, ¿por que tenemos que decidir ser felices si es un anhelo universal?, ¿alguien desearía no ser feliz? Mi respuesta es que sí, todos deseamos ser felices, pero decidir no es sólo una toma de postura, es la suma de la elección y la acción y, el hecho de que esté clara la elección, porque es beneficiosa para nosotros, no significa que la vayamos a llevar a cabo. De ahí surge el problema de la gratificación inmediata: elegimos hoy lo menos beneficioso, pero también fácil, cómodo y placentero, frente al mañana más saludable, deseable y coherente con nuestros objetivos a largo plazo. Y es que la felicidad es un negocio a largo plazo también.

Por tanto, la felicidad no es sinónimo de placer o de diversión. A ambos términos los incluye, pero no se queda sólo en eso, la felicidad es algo más profundo. Va más allá del hedonismo y la emoción positiva del momento y, la mayor  parte de los casos, tiene que ver más con el sentimiento, algo creado y propio. Así que cuando llegan los buenos momentos – momentos felices – serán sólo parte de nuestra felicidad, la otra cara es lo que llamará Dan Gilbert, la felicidad sintética, es decir, la felicidad construida, creada por nosotros mismos: fabricada desde nuestros significados, gestionada a través de nuestra atención y asentada en un claro sentido y propósito.

Así pues, necesitamos de ese pilar de la felicidad, que es la emocionalidad positiva, con el disfrute, la diversión, el placer. Y en este punto, es bueno recordar las palabras de Nathaniel Branden, nombrado tantas veces como el padre de la autoestima: “El placer para el ser humano, no es un lujo, sino una necesidad psicológica profunda”. De ahí que el voluntarismo, el hacer las cosas sólo porque es lo que hay que hacer, por imperativo categórico, será una clara limitación a nuestra felicidad, desde este concepto que les estoy compartiendo.

El otro pilar necesario y que equilibra mi concepto de felicidad, es el propósito: el sentido y significado que damos a nuestras acciones y a nuestra vida. Creo que una vida sin propósito, es difícil que sea una vida plenamente feliz.  Habrá momentos de felicidad, como decíamos antes, pero será más difícil que sea una felicidad más extensa, más constante, más profunda y a largo plazo. Decía Víktor Frankl, que la felicidad es una causa, “un efecto secundario y no intencionado de entregarnos a algo más alto, más elevado que nosotros mismos”, y comparto esa visión. Por eso la felicidad no puede ser egoísta, no creo que podamos ser felices solos y sin mirar más allá de nuestro ombligo. Y, desde ese punto de vista, cuando más alta sea esa causa y más fuerte esa entrega, más sólida también será nuestra felicidad.

Así pues, hablar de nuestra felicidad no es tanto hablar de cómo estamos evaluando nuestra vida (“¿eres feliz?, ¿cómo te sientes hoy?”), sino, en un sentido más práctico, qué tipo de experiencias estás teniendo o construyendo. Entonces, y como ejemplifica Paul Dolan en su fantástico libro sobre felicidad, y es tantas veces mi experiencia como coach y consultor en los diferentes talleres que imparto, puede estar contándote alguien sus abundantes experiencias negativas y diarias en el trabajo, sus quejas sobre los clientes, sus jefes, compañeros, o las dificultades que tiene para conciliar o lograr sus objetivos personales, etc, y, en cambio, cuando le preguntas si es feliz (le haces evaluar en términos generales su felicidad), te contesta que sí, pues “trabajar en esa empresa/marca merece la pena”, “es una buena oportunidad para mí”, o “estoy aprendiendo mucho y esto pasará”. Contrapongo, pues, evaluación con experiencia, ambas subjetivas pero diferentes, como se puede ver.

Resumiendo entonces, ¿cómo sabemos que estamos teniendo una vida feliz, un trabajo feliz, una relación feliz? Desde mi concepto práctico de felicidad, cuando el conjunto de experiencias positivas a largo plazo, en las que están presentes el placer-disfrute y el sentido, sean mayores que las experiencias negativas donde incurren el aburrimiento, la desidia, el dolor y el sin sentido.

Cada uno necesitará un equilibro distinto. Unos necesitarán mayores dosis de placer, disfrute y consentimiento – más fácilmente aquellos que rocen el perfeccionismo, el voluntarismo o tengan un alto sentido del deber, a veces algo estoico -; y otros necesitarán dar más sentido a su vida, entregarse a algo importante para ellos, luchar, darse y poner el corazón en algo diferente a ellos mismos, encontrando y ofreciéndose a un motivo que sea verdadera causa de su felicidad.

Ahora te toca a tí decidir, pero antes, ¿dónde te ves más?, ¿de qué crees que careces y sobre lo que necesitas un mayor equilibrio: disfrute o entrega, placer o sentido? Creo que es un buen reto para este comienzo de año. Tomar la decisión de ser más felices, buscar el equilibrio y convertir la elección en acción. ¡Mucho éxito! Nos va en ello nuestra felicidad.

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