Lo irracional del miedo a la crisis


Que vivimos en medio de una crisis, ya no genera debate. Que no sabemos a ciencia cierta cuándo se acabará, tampoco plantea controversia. Que la situación por la que vivimos algunos países es delicada, es pura reiteración. Pero que el miedo a la crisis se ha instalado en el inconsciente colectivo y, que esa conversación y reiteración, no forman parte de la solución, tampoco me cabe la menor duda. ¿Qué sucedería, de hecho, si tuviéramos menos miedo a eso que llamamos crisis?

Mi perspectiva es que, como suele suceder en todo tipo de situaciones críticas, nos hemos podido pasar de parada, y hemos dejado atrás la estación de la crisis – la dificultad – para detenernos en la de “el miedo a la crisis” – el miedo a la dificultad -, donde la realidad lúgubre de la primera se vuelve más pringosa y contagiosa. Si en la primera estación hemos llegado con los datos en la mano – diariamente en la prensa – y la despensa, el depósito y la cuenta más vacíos; a la segunda nos han traído las quejas, los empujones y cierto inmovilismo propio. Y nos hemos detenido. Y sentimos miedo. Y lo sentimos con más vehemencia.

Las emociones, todas, tienen su razón de ser. La mayor parte de ellas – las emociones no placenteras – sirven para protegernos, prepararnos y, en su caso, salvarnos. Necesitamos sentir miedo, al igual que necesitamos del enfado, la tristeza y el asco. Esas emociones nos hablan de peligro, protección y duelo. Necesitamos pensar que lo importante no nos es indiferente. Necesitamos saber cuándo tenemos que protegerlo. Necesitamos quererlo. Y necesitamos sentirlo.

Ahora bien, como todas las emociones, el miedo, cuando se desproporciona, se vuelve irracional. Su sentido propio de tensión, necesario para nuestra protección, pierde su razón de ser, al estirarse tanto. Y nos hace daño.

No sería positivo que, cuando estamos aprendiendo, el miedo inicial a conducir, nos paralice de por vida, y no seamos capaces de coger un vehículo. Igual que la ansiedad propia de cualquier entrevista de trabajo, nos impida acudir a la cita, o la preocupación ante un examen, proyecto o entrega, nos genere tanto miedo que no podamos superarlo. El miedo, como emoción, tiene su función, que es la de alertarnos de un peligro y prepararnos para hacerle frente. El problema es cuando nuestro cuerpo no para de alertarnos, nuestra mente entra en ese juego interior y, continuamos en ese estadio sin tomar acción responsable. Entonces, las cosas, se complican. Nuestra mente nos complica. Y nuestras emociones – sentimientos, en sentido estricto – se desequilibran. A partir de entonces, no sólo hacen falta herramientas para gestionar con éxito la situación que nos desafía, sino también, habilidades para regular nuestro propio estado emocional. O el estado emocional colectivo.

Esto es, precisamente, lo que pienso que está sucediendo con este miedo, con el miedo a la crisis. Ha pasado de hablarnos de una situación adaptativa – el miedo que nos prepara para protegernos y combatirla – para convertirse en un camino desadaptativo – que enturbia el recorrido y la búsqueda de la salida -.

La conversación popular sobre la crisis, ya no nos hace mejores frente a ella, nos acomoda. La tensión propia del miedo, ideada para protegernos, nos atenaza

Pienso que para salir de la crisis, hay que abandonar antes el estadio del miedo y del miedo a la crisis. Y para ello, creo que sirven algunos de los resortes que utilizaríamos para gestionar cualquier otra situación adversa, emocionalmente crítica . A saber:

1. Fijar el rumbo. Necesitamos despejar dudas a cerca de hacia dónde queremos ir, qué es lo que nos atrae y cuál es nuestro destino. Se trata de tener la visión clara, el horizonte abierto y mantener el norte. O confirmar que lo tenemos.

Desde el punto de vista profesional: cuál es mi nicho, mi diferencia, dónde quiero ser el primero, el único o el mejor. Hacia dónde quiero ir como empresa, organización o nación. Desde el punto de vista personal, qué quiero de mí, dónde quiero llegar, qué me llama, ilusiona y apasiona.

2. Disfrutar y vivir en el presente. Una vez fijada la meta o la visión de lo que quiero alcanzar, bajar la mirada, observar nuestros pies y mirar al terreno. Se trata de establecerse en la realidad y empezar a caminar, disfrutando del día a día, del camino, sin alzar tanto la vista que nos perdamos el paso siguiente.

Cuando nos enfrentamos a la adversidad, y aparece el miedo, y el miedo irracional, es muy habitual mirar al pasado – normalmente en forma de queja o lamento – o al futuro – desde cierto victimismo -. En ambos casos atraemos incomodidad y desgracia hacia nuestra realidad presente. Bien porque atraemos lo negativo que ya pasó y,  que ya no podemos hacer nada para evitar que suceda;  o bien atraemos lo que no ha sucedido y, con el miedo irracional a que no suceda, lo provocamos, lo adelantamos o nos enredamos. Por tanto, deberemos ceñirnos a la realidad presente, de la que hoy somos protagonistas y desde la que podemos construir. Sin mirar más allá. El más allá ya lo fijamos en nuestra visión, ahora cabe disfrutar del recorrido, vivirlo.

3. Destacar los éxitos que vamos consiguiendo. En nuestro camino habrá éxitos y fracasos, aciertos y errores, días buenos y días malos. Necesitamos centrarnos, focalizarnos en los éxitos, en los aciertos, en los días buenos. No tengas miedo a perder la senda de la realidad. Es esa realidad la que nos está haciendo elegir esta estrategia. Porque ya está suficientemente cargada de negatividad, – ¡estamos en crisis! – y necesitamos hacer el esfuerzo de balancear las cosas, destacando otra realidad. Y es que hay cosas que sí están saliendo (hoy, nuevamente, he puesto en circulación mi curriculum; he sido capaz de hacer tantas ventas; he cumplido el plan propuesto…) Necesitamos escuchar que ¡sí, es posible! Poco a poco, es posible, porque lo estoy haciendo posible. Y voy consiguiendo triunfos. Necesito recordarlo y reconocerlo.

4. Celebrar cada nuevo paso. Cada paso, es un éxito; cada esfuerzo, un triunfo. Y debemos darnos un pequeño festín de satisfacción, ¡hay que celebrarlo! Debemos aprender y hacer ver a nuestra mente, que hay recompensas, que en ese camino de disfrutar de nuestro esfuerzo, los objetivos tienen su premio. En los tiempos difíciles, no podemos acostumbrarnos a los pequeños éxitos, sería un sinsentido.

5. Aprender de cada situación para poder crecer (triunfar). “…Y así después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar… Decidí no esperar a las oportunidades, sino yo mismo buscarlas. Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar la solución. Decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis. Decidí ver cada noche como un misterio a resolver. Decidí ver cada día como una oportunidad para ser feliz”. (Walt Disney)

6. Compartir nuestros pequeños triunfos, nuestros esfuerzos y nuestros sueños. No somos islas. Necesitamos compartirlo con los demás. Al igual que compartimos el cierto y fácil “voy tirando”, “las cosas están muy mal” o “hay mucha incertidumbre”, podemos y debemos compartir también los “qué éxito he tenido hoy”, “qué proyecto me han propuesto” o “que privilegio trabajar con…” El miedo es contagioso; el esfuerzo, la ilusión, la pasión, también.

Son pequeños hitos para dejar atrás el miedo a la crisis y, quizá, sólo quizá, dar algún que otro paso hacia la salida de la crisis.

Y ahora, me vuelvo – te vuelvo – a preguntar, ¿qué sucedería si tuviéramos menos miedo a la crisis? Me respondo lo que me ronda por la mente: invertiría en un nuevo proyecto. Desde ya, me pongo a ello. ¿Y tú?

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